El comisario auxiliar Mercer no solía asistir a juicios; no formaba parte de su deber hacerlo. Y el echo de que aquella brumosa mañana de diciembre estuviese sentado en la sala de un tribunal de suburbio de Londres en vez de hallarse en su oficina de New Scontland Yard, se debía exclusivamente a circunstancias excepcionales
Sobre dicha excepcionalidad no ,había la menor duda. Se daba el caso de que parecía que un asesino iba a escaparse de las consecuencias de su crimen, y que Scontland Yard no podía hacer nada al respecto.
En 1933, la esposa de Mr. Thomas, químico
industrial que vivía en una ciudad de los Midlands, había
muerto en el baño a causa de un envenenamiento de monóxido
de carbono. En el sumario la muerte se había achacado un defecto
del calentador del
agua. Tres meses antes, Mr. Jones había
asegurado la vida de su mujer en 5.000 libras, pero aunque la policía
consideré la posibilidad de que el hubiera sido el causante de dicho
defecto, no se había encontrado ninguna prueba. Se había
pronunciado pues el veredicto de muerte por accidente.
En 1935, Mr. Jones se había vuelto a casar. Su segunda esposa era quince años mayor que el. No hay duda de que lo que salvó la diferencia de edades fueron las 15.000 libras que Mr. Jones había heredado de su madre. Pero, por lo visto, Mr. Jones era desafortunado en amores. Dieciocho meses después de su boda, la segunda señora Jones falleció; y cosa extraña, también por envenenamiento de monóxido de carbono. La habían encontrado en su coche, dentro del garaje, con el motor en marcha
Según el desconsolable Mr.Jones
su esposa sufría desmayos con frecuencia. Evidentemente., había
encerrado el coche en el garaje, se había desmayado, y se había
quedado en su asiento. luego, como había soplado un fuerte viento,
sin duda las puertas del garaje se hablan cerrado de golpe, dejándola
a la merced da los fatales vapores. Del hecho de que se hubiese encontrado
una pequeña cantidad de veronal en su estómago, había
respondido el médico, quien dijo que ella tenía la costumbre
de tornar somníferos. Se pronuncio por tanto, el veredicto
de muerte por accidente.
En 1938 Mr. Jones, que contaba ya con
medios propios, volvió a contraer matrimonio. Su tercera esposa
se llamaba Rose, y percibía Una renta anual de 1.200 libras de una
casa en propiedad que le había dejado su padre. La semana antes
del inicio al que ahora asistía Mercer, Mrs. Jones había
muerto... por envenenamiento de monóxido de carbono.
El matrimonio vivía en un apartamento caro. Según Mr. Jones, que se mostraba muy lúgubre, él estaba en su club de golf la tarde de “la tragedia”, y al volver a su casa alrededor de la seis, se había encontrado el apartamento lleno de gas y a su esposa muerta en la cama.
Mercer escuchaba la declaración
sombríamente. La ley prohibía cualquier mención del
destino de las dos primeras esposas de Mr. Jones mientras la suerte de
la tercera se hallara todavía subj udice.
Sin duda Mr. Jones conocía esedetalle.
Mercer vio que el hombre estaba causando una impresión excelente
en el jurado. Prestaba su declaración prescindiendo completamente
de las implicaciones contenidas en las preguntas a que le sometían.
Si, él había dado instrucciones para que fuese instalada
la estufa de gas. No, lo había hecho a instancias de su esposa.
No, no era raro que necesitase una estufa
de gas teniendo la habitación calefacción central. Ella siempre
tenía frío. Sí, era la única estufa de gas
que había en el apartamento. En otra habitación había
un radiador eléctrico portátil, pero a su esposa no le gustaba
tenerlo en su dormitorio.
No, no era extraño que él
hubiese insistido en comprar un modelo antiguo de estufa de gas en
lugar de uno moderno. Su esposa lo profería así. Ahora sentía
no haber comprado el moderno. En este caso el accidente no habría
sucedido.
Había dejado a su esposa a las
dos y media para ir a su club de golf, que distaba diez minutos andando.
No, no se había dirigido directamente allí; primero había
ido a comprarle una revista a su esposa. Luego había vuelto al edificio
de apartamentos, y le había pedido al portero que le subiese
la revista a Mrs. Jones. Entonces se había marchado al golf.
No, no había visto viva a su esposa
después de dejar el apartamento a las dos y media. El portero debía
haber sido la última persona que la vio. Por lo que podía
recordar, había llegado al club de golf hacia las tres; pero no
estaba seguro. El secretario del club probablemente se acordaría,
ya que se lo había encontrado poco después de llegar.
Sí (esto lo contesté frunciendo
las cejas), había un contador de gas en el piso, y la espita principal
estaba a su lado. Por lo que podía recordar, el contador había
sido colocado encima de un armario del recibidor. Si, él había
sugerido que lo instalasen allí y no en la cocina donde habría
significado una pérdida de espacio para la alacena.
Mercer noto que el jurado empezaba a impacientarse. Era evidente que no comprendían la razón de aquel interrogatorio. Se les había mostrado un plano del apartamento. ¿No podían imaginarse la escena? Mr. Iones cerrando la espita principal y abriendo luego la estufa de gas del dormitorio; Mr. Jones volviendo al edificio con una revista; el portero subiendo en el ascensor para entregar la revista, mientras Mr. Jones lo hacia por la escalera. ¿Eran incapaces de ver a Mr. Jones esperando en la escalera mientras el portero volvía a bajar y su esposa se metía en la cama? ¿No podían imaginarse a Mr. Jones abriendo silenciosamente la puerta del apartamento, dando de nuevo el gas por la espita del recibidor, y volviendo a salir? El portero había admitido que no vigilaba la entrada continuamente. ¿No comprendían que Mr. Jones podía haber hecho todo aquello, y haber llegado al club a tiempo para encontrarse con el secretario poco después de las tres? Todo estaba claro.
–Idiotas –murmuro y oyó que a su
lado el Detective-Inspector Denton se agitaba con simpatía.
Entonces, de pronto, vio al doctor Czissar.
El detective checo refugiado estaba sentado en uno de los bancos reservados
a la prensa, y al tropezarse sus ojos pardos con los grises de Mercer,
inclino la cabeza respetuosamente. Mercer le devolvió el saludo
con cortesía, y aparto la vista. La última persona en quien
deseaba pensar en aquel momento era en cl doctor Jan Czissar. Desde el
primer día en que aquel checo pálido y con gafas había
entrado en su oficina llevando un paraguas desplegado y una carta de presentación
de un funcionario del Ministerio del Interior, Mercer había sentido
un cierto complejo de inferioridad y su amor propio se había resentido.
Tres veces habla tenido que escuchar como el doctor Czissar, con sus enervantes
modales de orador, demostraba que Scotland Yard podía equivocarse
mientras que él, Jan Czissar, “expolicía de Praga”, tenía
razón.
Mercer se puso en pie.
Vayamos al bar de enfrente a tornarnos
un bocadillo, Denton.
–De acuerdo, señor.
Habían dado unos tres pasos cuando
el checo les alcanzó.
–Por favor, Comisario Auxiliar Mercer
–dijo el doctor Czissar, sin aliento– Doctor Jan Czissar, expolicía
de Praga, a su servicio. Si no le importa me gustan a hablarle de este
caso. –Hizo una rápida inclinación de cabeza a Denton, y
prosiguió. – Me ha sorprendido mucho verle en el juicio esta mañana,
comisario. Parecía un caso tan insignificante ... Claro que entonces
yo no había oído las declaraciones. Deseo felicitarle por
el modo tan inteligente como quedo establecida la existencia del radiador
eléctrico. Por un momento temí que el truco del asesino iba
a tener éxito. Debería haberme informado mejor es un caso
muy interesante. Yo...
Mercer le interrumpió en seco.
–¿Qué ha dicho de un radiador
eléctrico?
El doctor Czissar repitió la frase.
–¿Puedo recordarle, doctor, que
Mrs. Jones no murió quemada ni electrocutada, sino por una intoxicación
de gas? –estallo Mercer.
En la cara del doctor se dibujé
una expresión confundida.
–Yo pensé –dijo vacilante–– que
usted comprendía.
En aquel momento Mercer se dio cuenta
de que sus humillaciones en manos del doctor Czissar no habían
concluido, que la herida volvería a abrirse. No había nada
a hacer. El doctor Czissar había sin duda comprendido algo sobre
el caso y él no.
–Me gustaría mucho discutir el
caso con usted, doctor. –dijo ceremoniosamente–. El Inspector Denton y
yo íbamos a tomar un bocadillo. Si nos quiere acompañar.
Tres minutos después el doctor
Czissar estaba sentado frente a un sandwich de jamón.
–Es usted muy amable, comisario –repetía
una y otra vez.
Sus ojos pardos aparecían húmedos
tras las espesas gafas.
–En prima lugar, –dijo el doctor Czissar–
he considerado esta historia de que la estufa de gas se abrió por
accidente, y he intentado pensar cómo pudo suceder. Tal vez la bata
de la señora se enredo con la espita y la abrió. Esto es
improbable, como lo son todos los accidentes, pero posible. ¿Qué
sucedió luego? Según la declaración de Mr. Jones,
la espita estaba completamente abierta cuando él regresó
al apartamento y encontró muerta a su esposa. Por tanto, se nos
pide que creamos que mientras la señora se quitaba la bata, se metía
en cama y se disponía a dormir, la espita estaba abierta. Eso ya
no me parece posible, y voy a explicar porque.
–Aceptaremos la idea –le interrumpió
Mercer rápidamente.
–Para empezar, –prosiguió el doctor
Czissar– una estufa de gas abierta, pero sin luz, hace un poco de ruido.
Supongamos, sin embargo, que esa señora estaba un
poco sorda. Hay que considerar también el olor del gas. Mi sentido
del olfato no es demasiado sensitivo,
pero fácilmente puedo detectar una partícula de gas entre
setecientas de aíre. Y muchas personas, en especial las que no fuman,
pueden detectar por el olor una partícula entre diez mil. ¿Es
verosímil que esa señora permaneciera despierta en una habitación
pequeña durante varios minutos sin oler nada? Yo creo que no! Por
tanto, la hipótesis de un accidente queda descartada. ¿ Y
no es también imposible la teoría de la policía? Mr.
Jones sale del apartamento a las 2; a las 2,35 entrega la revista al portero.
Entonces tiene que subir por la escalera y esperar a que el portero se
haya ido y a que su esposa esté dormida. Supongamos que conoce muy
bien las costumbres de su mujer,
y que está seguro de cuándo se irá ella a dormir.
Tendrá que aguardar en la escalera. Luego ha
de salir del edificio y llegar al club de golf sin ser visto. El riesgo
habría sido enorme. Podría haber sido visto en la escalera
por alguno de los otros inquilinos. No puedo creer que un hombre como Mr.
Jones corriera un peligro así.
- ¿Entonces no fue asesinato?
–preguntó Denton.
El doctor Czissar sonrió.
–Oh, si. Si fue un asesinato, Inspector.
No hay duda de eso. Pero consideremos la inteligencia de Mr. Jones. planeo
asesinar a su tercera esposa pero se dio cuenta de que por muy hábilmente
que simulara un accidente. la policía sospecharía que se
trataba de un crimen a causa de los dos casos que usted me ha mencionado.
Y aquí entra en juego su ingenio. Decidió servirse de sus
sospechas para librarse de la declaración de culpabilidad. Ustedes
creyeron, naturalmente, que él regresó furtivamente y abrió
la espita principal. ¡Piensen en lo mucho que alentó
él esa creencia! Hizo instalar la estufa de gas a pesar de que había
una buena calefacción central en la casa. Muy sospechoso. Compró
además un modelo anticuado de estufa que le permitirá decir
que se trataba de un accidente. Más sospechoso todavía. Su
coartada no es perfecta. También sospechoso. La única cosa
que no les sirvió en bandeja fue la prueba de que había regresado
al apartamento. Y sabe que ustedes no la pueden conseguir. ¿Por
qué? Porque no existe. El no volvió al apartamento. Por tanto,
está a salvo. ¿Qué le importa si es sospechoso? Ustedes
no pueden probar nada contra él, porque están intentando
probar algo que no ocurrió.
–iQué ceguera la nuestra –exclamó
Denton.
–Desde luego –asintió el doctor
Czissar cortésmente
–Pero...
–lAtención, por favor! –dijo agudamente
el doctor Czissár– creo que el crimen fue
metido de esta manera .
Antes de nada aquel día, Mr. Jones
cogió el radiador y lo puso debajo de la cama
de su esposa lo roció entonces
con una mezcla en polvo de yeso y zinc , lo enchufó, y dijo adiós,
lA continuación mandó al portero con la revista para probar
que su
esposa vivía cuando él se
fue. Pero no vivió mucho rato. Al calentarse el radiador, el yeso
y el Zinc sufrieron una reacción, y originaron grandes cantidades
de monóxido de carbono. Cuando a las seis él
volvió a casa, ella estaba muerta,
Quitó entonces el radiador, y abrióel
gas. Una vez se notó bastante olor en el apartamento, pidió
ayuda.
–¿Pero y la prueba?
–Ah, sí. Bien, el polvo de zinc
tuvo que obtenerse en algún laboratorio, se utiliza mucho
como agente reductor. También será útil que se examinase
el radiador. Sus químicos podrán encontrar restos
de los óxidos de calcio y zinc en los elementos. Y es probable que
la alfombra de debajo de la cama esté un poco chamuscada.
Mercer miró a Denton.
–Lo mejor será pedir un aplazamiento,
¿verdad, señor?
- Mercer asintió. Luego volvió
a mirar al doctor Czissar.
–Bueno, doctor, –dijo lo más
cordialmente que pudo– tenemos que darle las gracias una vez
–Levanto su vaso–. ¡ Por Checoslovaquia!
El doctor Czissar sonrió
con placer.
–Conozco el brindis inglés
dijo alzando su vaso de cerveza-ratono; se utiliza mucho ¡Cheenio,
Checoslovaquia!
exclamó alegremente,